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ENTREVISTA: AVENTURERAS: MARÍA TERESA TELLERÍA

La llamada del trópico  Añadir a Mi carpeta

Científica y aventurera, María Teresa Tellería compatibiliza la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid con expediciones por selvas y ríos de África y Latinoamérica, donde la sorpresa y el riesgo le acercan a las míticas historias de Julio Verne que tanto le sedujeron en su infancia.
MALÉN AZNÁREZ
EL PAIS SEMANAL - 07-08-2005  
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Tellería, en la isla de Corisco (Guinea Ecuatorial), muy cerca de la desembocadura del río Muni, donde estudió los hongos ‘Aphyllophorales’, en diciembre de 2001. (M. VELAYOS)
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Tellería, en su despacho, con algunas láminas del herbario.
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“Cuando en África penetras tres kilómetros en la selva es exactamente igual que en el siglo XVIII: sólo la naturaleza y tú”

“Era angustioso estar en medio de un océano verde pensando si el piloto se acordaría de dónde nos había dejado”

“Me consideraba aventurera, pero cuando llegas a un lugar desconocido te asustas y no lo quieres reconocer”

Si alguien quiere saber cualquier cosa del Real Jardín Botánico de Madrid, que se lo pregunte a María Teresa Tellería. Veinte años en la dirección del histórico jardín (9 como subdirectora y 11 como directora), y toda su carrera entre el pabellón diseñado por Villanueva y las plantas y árboles exóticos que naturalistas españoles trajeron de apartados rincones del mundo, le dan un conocimiento del centro difícil de superar.

Un jardín botánico quizá es para algunos la antítesis de la aventura, tan controlado todo, tan etiquetado, cuidado y medido. Craso error. Un jardín de estas características, y más cuando se trata de uno histórico, acarrea tras su pulcritud muchas y arriesgadas expediciones científicas, que, en el caso del de Madrid, se hicieron esencialmente por América y Filipinas. Los nombres de Celestino Mutis, Ruiz, Pavón, Mociño o Löfling –el discípulo de Linneo– están desde el siglo XVIII vinculados a este jardín, y sus aventuras y sufrimientos por selvas, ríos, volcanes y montañas hispanoamericanos, en los que descubrieron y catalogaron una inmensa variedad de flora, han dejado un poso impagable en el herbario y rincones de este Botánico donde la investigación y la aventura han ido de la mano.

A sus 55 años, María Teresa Tellería se siente, a su manera y sin exageraciones, un poco heredera de aquellos naturalistas que tanto aportaron a nuestro patrimonio científico. Por eso habla de sus aventuras personales con un fino sentido del humor que todo lo tamiza, empezando por la peripecia profesional. “Entre una cosa y otra llevo en el Botánico toda la vida. Exactamente el día que se murió Franco entraba en esta casa a pedir una beca predoctoral, y aquí he hecho prácticamente toda la carrera. Aquí he sido becaria predoctoral, becaria posdoctoral, científica titular e investigadora. Es como los que van a trabajar a la Coca-Cola y, para llegar a altos directivos, primero les ponen a repartir por los bares. Así he sido yo en el Botánico”.

¿Y cómo ha vivido esa trayectoria desde el reparto a la dirección?

Creo que la he vivido bien, y además me parece muy positivo empezar desde abajo, porque cuando estás en la dirección ayuda a comprender mejor a todo el mundo. Cuando ahora viene un becario a contarme cualquier cosa sé de qué habla, me lo sé todo. Desde 1988 soy investigadora científica, y ahí hemos topado con el techo de cristal…

Pero ha llegado a ser directora de un centro histórico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

En esta casa se ha roto una tradición conmigo, porque nunca en 250 años había habido una mujer en la dirección del Botánico; la primera he sido yo, en 1994. Y esa tradición se ha roto muy positivamente. Pero también se ha roto otra tradición, y es que me voy a marchar de la dirección sin que me hagan profesor de investigación, y todos los directores de esta casa lo han sido. Se rompen tradiciones para unas cosas, y otras son imposibles de romper. Lo del techo de cristal está muy bien dicho, porque parece que no hay nada, pero intentas pasar y no puedes. Te preguntas: ¿qué es lo que pasa? Pues mi caso creo que lo explica muy bien. He sido una de las personas que más tiempo han estado en la dirección, 11 años, y la voy a dejar porque creo que he cumplido las ideas de lo que quería hacer. Además, no es muy sano para una institución tener durante mucho tiempo al mismo director; es necesario cambiar, que venga alguien con enfoques nuevos. Creo que se rejuvenecerá la casa.

Pero eso será después del 250º aniversario del jardín. Supongo que lo celebrará.

Sí, sí, los 250 años se cumplen en octubre y tenemos varias ideas para celebrarlo. Estamos preparando un libro, una colección de láminas del jardín y una biblioteca virtual de botánica. Esta casa tiene una biblioteca fantástica, y hoy día, con las técnicas digitales, creo que se puede rendir un buen servicio a la comunidad haciendo una biblioteca virtual donde la gente pueda consultar el contenido de los libros, sacarlo por su impresora y no tener que venir aquí o pedir fotocopias. Nos hemos planteado hacer cosas relacionadas con la función que tiene que cumplir el jardín y que perduren en el tiempo. Y una biblioteca virtual puede ser el germen de una red de bibliotecas virtuales, porque este país tiene fondos magníficos de ciencias naturales. Luego, cuando el Pabellón Villanueva esté totalmente restaurado, quizá sea el momento de abrirlo al público con una gran exposición sobre el jardín y su historia con los fondos que tenemos: investigación, biblioteca y herbario. Sería fantástico. Televisión Española ha hecho también un documental espléndido sobre los 250 años del jardín. Ha grabado durante un año, en las cuatro estaciones. Son 57 minutos con música original, y tiene una parte preciosa de las expediciones.

Usted es farmacéutica, pero se ha convertido en una reconocida micóloga. ¿No le gustaban las medicinas?

Mi padre es farmacéutico, y eso me llevo, de algún modo, a estudiar farmacia. Pero desde siempre tuve claro que la oficina de farmacia era un modo de ejercer la profesión que no me gustaba; yo prefería la actividad docente o investigadora, pero las vidas no suelen ser lineales… Tú tienes algo dentro, que a lo mejor ni lo explicitas, pero que te va llevando, y cuando con el paso del tiempo ves tu itinerario piensas que todo ha sido muy coherente; pero a los 20 años no te planteabas las cosas así, es a posteriori cuando puedes decir: ¡pero qué bien me han salido las cosas! Cuando acabé la carrera, en Madrid, caí en el departamento de Botánica, pero como podía haber sido en otro sitio. Allí estaba Francisco de Diego Calonge, que era micólogo, y elegí para hacer la tesina el grupo de hongos que luego he estudiado durante toda la vida, los Aphyllophorales, por una casualidad. En aquel momento vino a España un investigador noruego porque había aparecido una colección de un botánico del siglo XIX y quería estudiarla, y era especialista en Aphyllophorales, un grupo de hongos que no había estudiado nadie, y empecé a estudiarlos con él.

¿Y ha merecido la pena?

Son hongos que descomponen la madera cortada y forman una especie de costra clara, y que pasan prácticamente inadvertidos. Los de la península Ibérica no los había investigado nadie, y los estudios empezaron a dar muy buenos resultados. Yo intenté hacer un catálogo de los hongos que fructificaban en la península Ibérica; se trataba de ver lo que había, dónde estaba y dónde crecía. Ésa fue la primera parte de mi carrera investigadora y los primeros trabajos de campo: me pateé España de arriba abajo. Entonces surgió en mi camino un proyecto del Ministerio de Educación y Ciencia de hacer un catálogo de la flora micológica española. Se dieron cuenta de algo elemental: que estábamos a finales del siglo XX y España no tenía redactada ni sus floras, ni sus faunas. En ese sentido estábamos como en el XIX, y alguien tenía que hacer ese trabajo que ciertas personas consideran decimonónico. Me encargaron que me ocupara de la flora micológica española, y en 1988 iniciamos el proyecto que ha durado hasta hoy, con gente de todas las universidades españolas y portuguesas. Es una labor de titanes, tan larga como ingrata. Porque es una tarea necesaria, pero, el reverso de la moneda, a la hora de promocionar a los investigadores que la hacen no se valora porque se considera un trabajo meramente descriptivo y sin hipótesis novedosas. Con lo cual entramos en una incongruencia: se financia un trabajo necesario que por otro lado no se valora. Son situaciones absurdas.

¿Y qué han descubierto?

Que en España hay aproximadamente unas 25.000 especies de las que conocemos unas 11.000. Todavía nos falta por descubrir más de la mitad.

Entonces, ¿cómo saben que hay 25.000 especies?

Se hacen cálculos de aquellos lugares donde tienen floras muy bien conocidas –como el Reino Unido y Holanda, donde hay menos biodiversidad y una gran tradición de estudios–, y se sabe que allí, por cada planta vascular, hay, más o menos, cuatro especies de hongos aparejadas. Sabemos que la flora española tiene aproximadamente seis mil y pico especies de plantas vasculares; multiplicas por cuatro y te salen esas 25.000 especies.

Habrán hallado especies nuevas.

Por supuesto, pero estos cálculos se hacen sobre la base de lo que se conoce, y a día de hoy se conocen en el mundo 270.000 especies, y de éstas unas 25.000 están en la península Ibérica (España y Portugal). Pero esas 270.000 conocidas es una cantidad muy pequeña de las probables. Se calcula que hay 1,7 millones de especies de hongos en el mundo. Después de los insectos, los hongos son el grupo de organismos peor conocidos y de los más numerosos. Me siento orgullosa de haber realizado ese trabajo de flora micológica. Hemos creado muchísimas bases de datos y todo está informatizado a disposición de los ciudadanos. Es una labor trabajosa y muy ingrata.

Pero los hongos le han llevado también a otras etapas más aventureras: Guinea, Bolivia, Colombia…

Cuando te planteas el estudio de un grupo de organismos no lo puedes circunscribir sólo a un territorio, porque entonces tienes una visión muy estrecha de ese grupo. Lo fundamental es ampliar el campo de estudio, ¿y cuál es la salida natural del estudio de los organismos y la biodiversidad?: el salto a los trópicos. Los trópicos son los lugares donde hay más biodiversidad de la Tierra, y además donde está menos estudiada. El gran desafío, la gran llamada, es la del trópico. Entonces, a la primera ocasión que tuve de ir a Guinea Ecuatorial, a finales de los años ochenta, rápidamente me apunté. Guinea Ecuatorial empezaba a despegar y España mantenía allí una cooperación impresionante. La Agencia Española de Cooperación Internacional estableció un convenio con el Botánico para catalogar la flora ecuatorial, y aquel viaje fue mi primer contacto con un país tropical.

¿Y cómo fue ese primer encuentro?

Fue de entre admiración y miedo. Yo lo más lejos que había ido era a Marruecos, y la primera vez que sentí ese golpe de humedad y calor que te da el trópico fue entonces, en Guinea Ecuatorial, en el aeropuerto de Malabo. Fui a la isla de Bioco, con otros investigadores del Botánico, en un momento en que en Guinea era todo muy rudimentario, y me impresionó.

¿Qué le impresionó más?

Tenía miedo. Me daba la sensación de que al ir a levantar las maderas –porque los hongos que estudio viven en la madera y hay que dar la vuelta a los troncos– iban a salir unas serpientes peligrosísimas… Luego he viajado mucho a los trópicos y he visto poquísimos animales; el peligro está en las hormigas que te muerden, en los mosquitos… Pero ésa fue mi primera impresión; cuando me dio la primera oleada de calor dije: esto es el trópico. Al principio no te lo puedes creer. Todo tu pensamiento es ver cuándo te vas a poder duchar, hasta que te haces con el trópico y como que te abandonas a tu suerte, entonces todo empieza a discurrir maravillosamente bien. Después he ido bastantes veces más a la parte continental de Guinea, y eso sí que es otro mundo, eso sí que es de verdad África y mucho más interesante. Esa atmósfera que tiene África y el trópico en general, con los suelos de color rojo de hierros oxidados; esa luz especial, porque he viajado bastante por América, pero esa luz de África…

La veo seducida por África.

Yo creo que, como el origen del hombre está allí, de algún modo llevamos algo dentro y África tiene para nosotros una atracción especial. No lo sabría explicar; creo que es la luz, el color. América tiene sitios maravillosos, pero no tiene ese encanto. Y una de las experiencias mejores para mí en África fue la estancia en el parque nacional de Monte Allen. La Unión Europea tiene un proyecto general de parques nacionales en el oeste de África central –Camerún, Gabón y Guinea Ecuatorial–, y en el centro de la Guinea continental hay una cadena montañosa, Monte Allen, donde han creado un parque nacional. Y allí hay un hotel en el que vivíamos.

Pues tenían mucha suerte de que hubiera un hotel, no suele ser frecuente.

Pero sólo podíamos estar en el hotel mientras no estábamos trabajando… Es un parque nacional en el que no puedes trasladarte en coche, y en el momento en que entras en él todo se hace caminando. Hay una serie de cabañas, muy rudimentarias –te tienes que llevar hasta las camas de lona–, y la distancia entre una y otra es de un día de camino.

Eso suena casi a exploradores del XIX…

Allí teníamos que ir con porteadores que llevaban los pucheros, las camas, la comida, las mochilas, los elementos de trabajo…, e íbamos de cabaña en cabaña trabajando. Es exactamente igual que en los siglos XVIII o XIX: una vez que has penetrado tres kilómetros en la selva es sólo la naturaleza y tú. Puedes llevar botas más cómodas de goretex, pero tienes que cruzar ríos y te calas los pies, y la ropa se pone hecha un asco. La aventura es muy bonita desde fuera, pero cuando la vives es algo durísimo. En Monte Allen nos pasaron cosas curiosísimas: una vez estábamos en una de las cabañas y nos atacó una marabunta…

Yo creí que eso sólo pasaba en las películas de Hollywood.

Son hormigas que van por el bosque formando una enorme procesión, y que ves llegar en una oleada negra. Estábamos durmiendo en dos cabañas y los porteadores tenían otra cabañita donde siempre había un fuego encendido. De repente empezamos a oír gritos, y cuando nos dimos cuenta todo empezaba a invadirse de hormigas, la cabaña estaba negra. Salté del catre, me puse unas botas de goma y una camiseta, y salí disparada hacia el fuego. Los porteadores, a base de calentar agua y sacudir a las hormigas con ramas de palmera, consiguieron mantener aquella cabaña más o menos soportable. Son hormigas que muerden y hacen un daño horroroso; tienen unas tenazas que muchas veces los indígenas utilizan para coser heridas: las pinzan a los bordes de la herida, retuercen a la hormiga y quitan el cuerpo, y dejan las pinzas como si fueran grapas para cerrar la herida…

¿Y qué hacía en medio de África?

Buscaba hongos Aphyllophorales, y el trabajo que hicimos allí ha dado muy buenos resultados porque se han visto cosas que biogeográficamente son difíciles de explicar. Por ejemplo, de algunos de estos hongos sólo se conocen dos poblaciones en el mundo, y una está en Guinea Ecuatorial y otra en Florida. ¿Cómo se puede explicar esa distribución? Una explicación es por las autopistas del viento, la teoría que estudia Jesús Muñoz, otro investigador del Botánico; pero es un poco complicado porque estos hongos viven en la parte inferior de la madera caída, contribuyen a que se pudra la madera.

¿Su función es la de pudrir la madera?

Es un cometido importantísimo porque gracias a su función se descompone la madera y se forma suelo. Imagínese un mundo en el que la madera no se descompusiera: no habría sitio para crecer.

Y siguiendo a sus hongos, abandonó África para trabajar en otras selvas, las de Colombia y Bolivia.

Ahora estamos haciendo estudios en el neotrópico, por eso viajé en una expedición fantástica a Colombia –sobre todo viéndola hoy, porque cuando la viví no me pareció tan fantástica–, y luego con otro proyecto a Bolivia para ver lo que tienen de parecido las floras del neotrópico con las del paleotrópico.

Tengo entendido que en Colombia tampoco le faltaron sorpresas y riesgos.

En 1992 viajamos un grupo de naturalistas a Colombia, a Chiribiquete, en una expedición hispano-colombiana, con vistas a explorar una zona muy poco conocida de la Amazonia colombiana, la de Villavicencio, muy interesante desde el punto de vista biológico porque tiene los tepuyes, una especie de mesetas que se alzan como islas en medio de la selva. Un grupo de unos 20 investigadores fuimos en avión hasta Villavicencio, y luego en un avioncito de hélice hasta Miraflores, un pueblo donde los aviones aterrizan en la calle principal del pueblo, una calle de tierra por la que van los tractores y cuando oyen llegar a los aviones se apartan… Es un poblado como los del Oeste, todo de madera, y la policía estaba atrincherada con respecto a la población porque por la zona había mucho cultivo de coca. Ése era el pueblo desde donde teníamos que ir a nuestro destino: Chiribiquete. Luego, para ir a las mesetas, nos tenían que llevar en helicóptero porque no había otra forma de entrar y salir.

Una aventura en toda regla.

Estuvimos casi un mes viviendo en unas condiciones muy precarias en tiendas de campaña, y la que yo compartía con una becaria de Doñana calaba y todas las mañanas amanecíamos empapadas. Del tepuy, o meseta en la que estábamos, podíamos malamente bajar hacia la parte inferior de la sierra; pero había que hacerlo por unas torrenteras, y a media tarde caían unos chaparrones impresionantes, de modo que bajábamos en seco, pero teníamos que subir en mojado con el agua por la cintura. Naturalmente nos lavábamos en una poza y estábamos eternamente con la ropa mojada. Cuando queríamos ir a trabajar a alguna meseta nos llevaba un helicóptero que se marchaba y volvía a recogernos. Y esa sensación de estar en medio de un océano verde alrededor, sin nadie ni nada, y pensando todo el tiempo: ¿se acordará el piloto dónde nos ha dejado? Era un pensamiento que nadie explicitaba, pero que todos teníamos en la cabeza, porque pensabas: si le pasa algo al piloto, nos quedamos aquí para siempre. Así que todos estábamos esperando oír el pi-pi-pi-pi, el sonido del helicóptero que volvía a buscarnos, porque no había camino, no había posibilidad de echar a andar… Era una sensación angustiosa, una experiencia buenísima en el sentido de medirte con la naturaleza y contigo misma.

¿Cuántas veces se ha preguntado “qué se me ha perdido aquí”?

Esa reflexión me la he hecho millones de veces, cuando me metía en la cama por la noche, por llamarla así, y me decía: ¿pero quién te ha mandado venir aquí con lo bien que estabas en Madrid?, ¿qué necesidad tienes de esto? Me juraba que no volvería nunca más, pero luego vuelves. En el fondo es una aspiración idealizada de lo que puede ser la libertad. Piensas: cómo voy a perderme estas cosas, si esto es vivir.

¿Usted hace deporte, es una persona resistente?

No especialmente. He trabajado mucho en el campo y estoy acostumbrada a moverme, pero no soy una persona que haga mucho deporte; voy a nadar tres veces por semana, y eso es más o menos lo que hago. Verdaderamente, el trabajo en esas expediciones es durísimo, porque no acaba cuando vuelves al campamento; entonces tienes que preparar el material recogido, ponerlo en sus papeles, numerarlo…, no se puede estropear.

Pero debe de tener sus compensaciones porque crea una especie de adicción expedicionaria…

Allí, en Chiribiquete, vimos unas pinturas rupestres de una belleza increíble, porque los indígenas de la zona lo tenían como un lugar de iniciación. ¿Se imagina lo que es llegar a un sitio en medio de la selva y encontrarte unas paredes pintadas en terracota, con seres humanos, animales, palmeras, ríos, que nadie ve como no le lleven en helicóptero? Cuando una pared hace un entrante, protegido de la lluvia, allí pintan, y prácticamente no están estudiadas, es una de esas zonas de las que se dicen “prácticamente inexploradas”.

¿No se sentía un poco heredera de los expedicionarios españoles del XVIII y XIX, los Mutis, Pavón, Jiménez de la Espada?

Yo siempre digo que esto ayuda a comprender muy bien lo que ellos vivieron, porque ahora es lo mismo que en el XVIII. Las cosas han cambiado mucho cuando vives en una sociedad como la nuestra, donde hemos hecho un mundo artificial para nuestro confort, y abres un grifo y sale agua, y das a un botón y hay luz; pero cuando te tienes que lavar en un río y también lavar allí los perolos… Una cosa que me impresionó de Madidi, en Bolivia, es que vi una palmera que se llama Iriartea deltoidea, que es una palmera que sólo había visto en las láminas de Ruiz y Pavón que tenemos en el jardín, y cuando la vi sentí como si estuviera en casa… En el fondo es continuar la labor que ellos hicieron. Cuando lees sus diarios es impresionante, porque hoy vamos al trópico en menos de 40 horas y te impresiona la vegetación, y eso que vivimos en la sociedad de la información. Y ellos que eran de pueblos, que no habían viajado, los subían en un barco, los dejaban en Perú y, ¡hala!, a estudiar la flora de Perú, que era todo un mundo y nada que ver con lo que habían visto en España. Fue algo impresionante. Y eres capaz de ponerte en su pellejo, en sus sentimientos, en lo que tenían que vivir, en la cantidad de tiempo que pasaron fuera de su país. La historia de la expedición de Dombey, que era francés, es asombrosa, para hacer una película. Fue con dos españoles, Hipólito Ruiz y José Pavón, y Dombey acabó casi volviéndose loco. Y son las mismas sensaciones que hemos vivido nosotros en el siglo XX.

Ha citado el Proyecto Madidi. Cuénteme qué hizo por las selvas bolivianas.

El parque nacional de Madidi es una de las zonas mejor conservadas de Bolivia por lo escarpada. Es un lugar donde sólo puedes entrar a través de los ríos, en canoa, hasta Rurrenabaque; luego te acercan en coche hasta la periferia del parque, y allí hay que entrar andando. Este proyecto tenía un doble objetivo: estudiar una zona inexplorada, porque casi nadie había entrado, y explicar a través de una página web el diario de un proyecto vivido día a día. Lo hicimos a tres bandas: el Herbario Nacional de Bolivia, el Botánico de Misuri y el Real Jardín Botánico de Madrid.

¿Y cómo les fue en esta expedición?

Lo de Madidi es impresionante porque tiene una orografía muy complicada, grandes diferencias de altura y toda la variación de vegetación, desde casi la parte alta de los Andes hasta caer en la Amazonia. Eso permite estudiar muchos tipos de vegetación en un espacio relativamente pequeño para las dimensiones de la Amazonia. Hay muy pocos datos de esta zona, y por eso el estudio tiene muchísimo interés; pero el trabajo es muy lento, se tarda mucho en tener resultados, no son de impacto rápido aunque es una obra que se utilizará cien años. Mi vivencia fue muy buena, más suave que la de África y Colombia, o quizá es que me pillaba ya más entrenada. Ha sido en los últimos años y tenía más experiencia…

O había perdido ya el miedo inicial…

He ido perdiendo el miedo del principio, de cuando llegas a un sitio y todo te asusta, pero no quieres decirlo. Yo, en el fondo de mi ser, me consideraba un poco aventurera; pero cuando llegas a un lugar desconocido empiezas a mirar las cosas con otros ojos, te empiezas a asustar, pero no lo quieres reconocer, lo cual es horroroso porque vives en una contradicción absurda. Luego, a medida que vas teniendo más seguridad, cuando te asustas no te importa decirlo, pero al principio hay que demostrar lo que no se es… Ahora el único problema que tengo en Bolivia, donde repito mucho eso de “quién me mandará a mí venir aquí”, es cuando llego a La Paz y todas las veces me ataca el mal de la altura y me pongo a morir, directamente a punto de infarto. Me tengo que meter en la cama, no me lo aguanta el organismo, pero vuelvo… También es verdad que cuando lo cuentas parece todo mucho más tremendo, cuando lo estás viviendo es todo bastante normal. Creo que es más los ojos con que lo miramos desde nuestra cultura, eso es lo que le da el valor, lo realzamos por ser más extraordinario.

Dígame, ¿dónde le gustaría perderse?

Estoy muy interesada por la biogeografía de islas y me gustaría mucho ir a dos pequeños archipiélagos: a Santa Elena, en el Atlántico sur, y a las islas de Juan Fernández, en Chile, las islas donde se desarrolla la novela Robinson Crusoe. Me encantaría ir allí, tienen para mí como una especie de imán cuando me asomo al mapa; debe de ser el mito de Robinson Crusoe… En este afán aventurero, que de algún modo tengo, debió de influir que cuando era pequeña teníamos en mi casa las obras completas de Julio Verne, y cuando estábamos enfermos mirábamos aquellos libros y aquellos grabados del siglo XIX. La isla misteriosa, Viaje al fondo del mar, eran como un mundo de aventuras donde el hombre se enfrentaba a la naturaleza. He podido leer La isla misteriosa como sesenta veces… Y otra novela que me encantó es La jangada, la que bajaban por el Amazonas; aquellos grabados de árboles retorcidos con lianas se me quedaron grabados, así que luego me he apuntado a un bombardeo para ir a verlo. Claro, que también me influyeron películas como Las minas del rey Salomón… La aventura siempre me ha encantado; me gustaban hasta las películas de los misioneros que ponían en mi pueblo, en Mondragón, unos franciscanos. Me parecía maravilloso ver, en tonos sepia, a los pigmeos, los indios y el misionero que llegaba. Era como un National Geographic de pueblo. Hubiera sido capaz hasta de apuntarme a misionera, yo pensaba que aquella profesión sí que era buena…

Le queda un año de directora del Botánico, la veo por las islas de Robinson Crusoe…

Pienso buscar financiación para ir. Ya le contaré…




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